Cristina Bendek relata el olvido, el dolor y las pérdidas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina en su nueva obra

La autora colombiana habló sobre su nuevo libro, ‘Las Pérdidas’, una denuncia sobre el abandono y el dolor de las islas.


Foto: Noticias RCN

Laura Daniela Alturo

abril 28 de 2026
10:01 p. m.
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Cristina Bendek nació en San Andrés en 1987, estudió Gobierno y Relaciones Internacionales y en 2018 ganó el Premio Nacional de Novela Elisa Mujica por su primera obra titulada ‘Los cristales de la sal’.

A Cristina la pude entrevistar durante los primeros días de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026, a donde fue convocada para presentar su nueva novela: ‘Las pérdidas’, un libro sobre la pérdida de soberanía marítima de Colombia con Nicaragua en 2012, las luchas de los isleños por preservar su seguridad alimentaria y la falta de presencia estatal en medio de esta crisis.

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Le pedí que me dijera algo sobre ella que no se encontrara en internet. Me contó que su abuelo es hijo de palestinos que llegaron a Puerto Colombia en 1914, y que es vegetariana desde hace 13 años.

Hablamos sobre su primer libro, sobre su interés en retratar las heridas, costumbres y memorias de la Colombia insular, sobre la importancia de rescatar las lenguas originarias de la isla y de su amor por la escritura como un acto de resistencia.

¿Crees que tu ascendencia ha marcado de alguna forma tu escritura y tu postura política al momento de narrar historias?

Sin dudas. Creo que esa ha sido mi inquietud más grande, porque en todas mis ascendencias hay muchos silencios. Creo que cuando venimos de historias que contienen tanto sufrimiento, hay muchas memorias que no se transmiten de generación en generación y además en todas mis ascendencias, tanto en las que confluyen en San Andrés directamente desde tantos lugares del mundo, desde África, desde la Europa insular y tantos otros lugares, esa pérdida de memoria está marcada por la pérdida del idioma, por la pérdida del lenguaje.

Cuando se pierde el lenguaje y el idioma materno va cambiando de una generación a otra, pues perdemos muchos sentidos sobre el pasado. En mis primeros trabajos, el tema del pasado fue muy importante. Y en este momento me interesa más el futuro.

Creo que es muy urgente que como humanidad tengamos una visión más fuerte sobre las posibilidades que tenemos y que no nos quedemos con un sentido de nostalgia y que no nos atrapemos tampoco en lecturas cerradas de la realidad.

¿Qué significa para ti escribir desde la isla y no solo sobre la isla?

Yo diría que San Andrés tiene su propio relato, su propia historia, que no se conozca tanto en estos espacios de la lectura continental es otra cosa que nos obliga a nosotros a encontrar otras formas de dialogar y hallar lenguajes y puntos de encuentro con esa continentalidad.

San Andrés es central y siempre lo será, porque además cada vez que me enfoco en San Andrés encuentro el mundo entero, una globalidad sorprendente y una sociedad muy cosmopolita que ha estado atravesada desde sus inicios por el choque y por el abrazo entre mundos.

Entonces esa es la apuesta, siempre desde el Archipiélago, pero mirando hacia el mundo entero, porque es muy urgente que dejemos de pensar en estos lugares como periferias, como bordes, como fronteras. Digamos que desde el punto de vista geográfico y geopolítico es mucho más fácil hablar así de estos lugares y otros sitios del país, por ejemplo, como una frontera. Pero resulta que esas fronteras son lugares muy porosos, son fronteras vivas que al final tienen sus propias dinámicas y tienen unas relaciones muy actuales, vivas, presentes, cotidianas, normales, tranquilísimas, con lo que desde acá se percibe como si estuviera al otro lado.

Entonces mi interés es realmente complicar esa lectura de esos lugares, desde el Archipiélago, pero al final podría ser casi que cualquier otro lugar que se lea desde una centralidad.

¿Por qué mezclas en tus obras el español, el inglés y el creole?

Porque la lengua es la memoria y si no se puede transmitir el contenido, el código, la sensorialidad que hay en una palabra en especial, se nos van a quedar muchas historias por fuera del relato. Entonces yo quiero retar un poco la hegemonía de las lenguas centrales de esta nación, quisiera retar la hegemonía del español, cuando realmente somos un Estado plurilingüe, pluriétnico, constitucionalmente reconocido como tal.

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Muy poca gente sabe que el inglés es un idioma oficial del Estado, según la Constitución del 91; o que el creole de San Andrés es un idioma, no un dialecto o un patuá. En San Andrés [el creole] se ha cristalizado hasta convertirse en un idioma que representa la resistencia y yo trabajo mucho con las narrativas del flujo y de la resistencia. Porque espiritualmente me interesa fluir, pero me interesa hallar una correspondencia política a esa resistencia cultural. Políticamente yo siempre he pensado en el Estado como en un poder necesario al que hay que oponerse. Porque el Estado homogeniza para poder gobernar y para poder ordenar el territorio, para todo eso hay que definir, y resulta que en el Caribe insular, en particular, las definiciones son muy complejas.

En el mundo en el que nosotros vivimos, hay un montón de sistemas y de poderes que uno a veces no alcanza a vislumbrar, no alcanzamos a percibir la forma en la que nos afectan en nuestra vida diaria, y lo que trato de hacer escribiendo es aproximar una suerte de luz en medio de tanto dolor, porque finalmente el Estado, particularmente en Colombia, históricamente ha sido responsable de mucho dolor colectivo y muy irresponsable en las fases de reparación de ese dolor, especialmente hacia los territorios que no están en esa hegemonía, y desde San Andrés y Providencia, mucho más.

Entonces yo creo que hay un ejercicio tanto espiritual como conscientemente político al citar el creole, incluso en la primera novela el alemán, porque son unos nichos también de resistencia.

¿Crees que la literatura colombiana les debe todavía una mirada más amplia a estas zonas insulares que hay en el país?

Sí, yo creo, sin duda, creo que es una deuda difícil porque nuestra literatura tiene una base oral y yo creo que, precisamente con momentos a los que vamos contribuyendo todas y todos, no solamente desde las letras, sino desde la oralidad y desde la producción musical.

Eso es muy difícil de hacer desde la autonomía en la que muchos autores y autoras, precisamente por mantener una línea mucho más coherente con su lengua materna, deciden escribir en creole o en inglés para hacerle esa oposición a la homogenización hispanizadora del Estado colombiano en San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Y eso ha sido una apuesta desde siempre, o sea, hay textos escritos en San Andrés, desde la primera mitad del siglo XX en inglés.

Claro, no circulan, es muy difícil conseguirlos, son de un nicho muy específico, o se han quedado en lo académico. Es difícil porque no funcionan dentro del mercado editorial colombiano. Entonces hay una dinámica del mercado que hace muy compleja esa respuesta y, además, en San Andrés tenemos un problema dramático de lectoescritura, precisamente por ese multilingüismo, porque no hay una pedagogía y un currículo que considere esa dificultad de tener niños cuya lengua materna es el creole u otros que tienen una oralidad en el español que se distancia mucho de la oralidad del español continental.

Escribir desde una isla que está gentrificada, cuyas lógicas funcionan solo favoreciendo el turismo en toda la infraestructura… tratar de escribir, dedicarse a un oficio como la escritura desde allá es sumamente costoso. Entonces también estamos hablando de las dificultades para el mismo ejercicio de producción. Escribir es difícil. Es difícil emocionalmente, es difícil material y financieramente.

Háblame un poquito sobre ‘Las Pérdidas’, ¿cuál fue tu proceso?, ¿cómo llegaste a contar esta historia?

Es una novela que me sorprendió mucho, porque yo pensaba que mi segunda novela iba a ser sobre ese lugar que tiene Palestina en mi corazón. Pero no, porque en el 2022 se cumplieron 10 años de fallo de La Haya, en el que el Archipiélago pierde ante la Corte Internacional de Justicia una parte de sus aguas ante Nicaragua.

En donde realmente no era que el Estado colombiano hiciera presencias, sino la gente, los pescadores, los navegantes, los capitanes, raizales y creoles. Y digo creoles porque no son solamente los raizales de las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, quiénes a través de su tradición y de su conocimiento transmitido generación tras generación estaban haciendo soberanía en ese territorio. No era la Armada Nacional o cualquier agente del Estado.

Esa pérdida fue algo muy íntimo que, además, amenaza la soberanía alimentaria del Archipiélago y la integridad de la reserva de biosfera Seaflower, que contiene la zona de áreas marinas protegidas más grande del mundo. Es una reserva además muy importante para las poblaciones de tiburones, para áreas de corales, pues contiene la tercera franja coralina más extensa del mundo.

Entonces realmente fue un momento de mucha rabia cuando se recibe el fallo de La Haya ese 18 de noviembre de 2012, darnos cuenta de que nadie hizo parte de esa defensa, es como si no hubiéramos existido.

La historia se sitúa durante la última fase del segundo litigio entre Nicaragua y Colombia en 2023, cuando ya han pasado unos años de los huracanes Eta y Iota, que en 2020 destruyeron el 98% de la isla de Providencia. Y parte de esos dos grandes duelos en los que el Archipiélago ha sido víctima de la omisión del Estado; en una ocasión por no hacer parte del litigio y de la defensa de Colombia, y en otra durante el plan para la reconstrucción de Providencia.

Allá tenemos muy claro que hemos sido víctimas de una reconstrucción desordenada, llena de escándalos de corrupción, que además terminaron por fichar a la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo, que era algo que era clarísimo que iba a suceder. La reconstrucción ni siquiera llevó un albergue comunitario a Providencia. Los albergues se construyeron en las casas de las personas por iniciativa propia. Entonces es una población que realmente está completamente desprotegida en un lugar en el que se supone que el Estado debería estar haciendo el máximo ejercicio de soberanía porque es un sitio disputado.

¿Esta obra es entonces una especie de denuncia y una herramienta para sanar un poco ese dolor colectivo que hay en el Archipiélago?

Denuncia es sin duda, yo quisiera también poner una dimensión humana a todo esto. Yo creo que hay mucho cubrimiento periodístico y académico sobre lo que ha pasado durante la fase de la reconstrucción, es un escándalo público, y hay muchos líderes y activistas desde Providencia que han hecho esas denuncias. Entonces eso ya está, digamos.

Pero eso no se puede dejar de integrar en otros formatos como la música, la literatura, desde todas las expresiones del arte que finalmente son la expresión de lo que somos, porque es un dolor muy grande.

Yo creo que ‘Las Pérdidas’ busca hacerse un lugar para que finalmente reconozcamos que no solamente desde el Estado, no solamente desde en Colombia, sino desde el mundo entero, hay muchos factores que confluyen en esos desastres, porque es que la Corte Internacional de Justicia hace parte de un sistema internacional que agoniza y adolece de poder.

Entonces, es una novela muy crítica, sobre la guerra, la paz y las posibilidades de que carguemos juntos esa complejidad.
A la vez que es una denuncia, es como una suerte de diario del dolor.

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¿Cómo crees que ‘Las Pérdidas’ puede llegar a conversar con los jóvenes de la isla y del resto de la Colombia continental?

Es una novela corta donde hay aventura, un viaje, un recorrido desde Providencia hasta La Haya, que pasa por Panamá y por Berlín. Es una novela que también tiene muchos apuntes de viajes, y que no se queda nada más en lo político, al contrario, ‘Las Pérdidas’ es un nombre que también alude a todo lo que pasa desde el cuerpo.

Al final la novela se trata también sobre el cuerpo de las mujeres, sobre el aborto, sobre las distintas formas de pérdida y sobre el amor. Es una novela sobre la dificultad de elegir y yo creo que somos generaciones que tenemos una gran dificultad para elegir un destino, para comprometernos con un destino en especial, porque vivimos en un mundo que efectivamente no ofrece garantías.

Además, para estas nuevas generaciones, yo sé que ustedes van a ir a San Andrés a ese lugar maravilloso que está en ese punto tan al norte de este país y yo quisiera invitarles a que lleváramos algo que la expectativa de desfogar todos esos comportamientos del hartazgo y de violencia.

¿Hacia dónde crees que se moverá ahora tu escritura?

Ya estoy trabajando en un proyecto que estará listo pronto, es un ensayo muy personal sobre sobre un tema que me intriga mucho, que es la creencia y la fe. Es una exploración desde el Caribe sobre las memorias del holocausto y sobre Palestina, sobre los territorios ocupados palestinos y el estado de Israel. Empieza con la aparición de unos símbolos en San Andrés, en el espacio público, de una estrella de David, con una esvástica en el centro.

Quiero que sea un espacio para que podamos tratar de procesar juntos ese nivel de violencia extrema al que hemos estado sometidos. Violencia extrema, además en vivo. Ese libro está compuesto de apuntes sobre sobre la Semana Santa, con un montón de proyectos que ya tenía en el pasado y que también proyecta como estamos favoreciendo todas las lógicas de la guerra y el extractivismo.

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